un sillón y seguí hasta que se extin-guió la luz del día y seguí con el gas hasta que entró eldirector, un joven célebre por su talento y por su realvalía, el doctor Sáenz Peña, que era en ese entonceshombre afectuoso y de letras, y nuestro envidiadomodelo. — Señor, le dije, voy a escribir un… … a Smegljino — Ni yo tampoco. — Mejor. Y escribí el juicio juvenil y entusiasta, y el generosodirector lo leyó, se sonrió y lo dió a las cajas. A la tarde siguiente estaba de nuevo en mi puestocuando me veo entrar saludando con respeto, sombre-ro en mano, a un conocido de mi barrio, al…
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