Nadie le contestaba. Todos miraban con curiosidadno exenta de miedo, aquel escobillón de cañón quehabía substituido a la cabeza discreta del amigo. — Pero, ¿qué has hecho? — ¡Qué rico tipo! ¿y de dónde vienes? — ¿La compraste en París esa peluca? — No; es pelo mío, de mi absoluta propiedad. —…
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